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Joel.

5 de la madrugada de un frío lunes de agosto. Hospital del Niño. Cuarto de urgencias. Alcancé a ver 2 camillas. Una sostenía a una niña de unos 9 años, un poco débil por la deshidratación que tenía debido a su gastroenteritis. La otra llevaba a un niño de aproximadamente 11 años. Al parecer lo habían intubado en la escena y venía recibiendo 1 ventilación cada 5-6 segundos.

La niña se llamaba Anaís. Pudo haber ingerido un poco de algo raro, o demasiado de lo de siempre (eso a veces también intoxica). Ya estaba canalizada y le estaban pasando líquidos intravenosos para reponer todo el que había perdido producto de los vómitos que habían hecho aterrizar a mamá y papá en el hospital infantil más saturado del país.

El niño, acompañado por su madre, presentaba un trauma craneoencefálico, el cual aparentemente ocurrió mientras jugaba con sus hermanos frente a su casa. El golpe afectaba la parte frontal de la cabeza del lado izquierdo y una buena parte del ojo de ese mismo lado. Sin respuesta a estímulos dolorosos. Pupilas no reactivas a la luz. Hoja de maltrato segura.

Anaís tomaba clases de canto en el centro de la ciudad. De tenis los sábados. Le iba más o menos bien en la escuela. Era la segunda de 3 hermanas. Él era el quinto de nueve hermanos. La mayoría pacientes frecuentes del hospital. Asistía a la escuela muy irregularmente y jugaba futbol con los vecinos de su comunidad.

La deshidratación de Anaís hizo que su pediatra optara por dejarla hospitalizada. Fue recibida en sala de pediatría por un personal de enfermería comprometido con asegurar la comodidad, bienestar y pronta recuperación de los pacientitos que llegaban a la sala. Estaba tranquila, sus vómitos habían cedido y se mantuvo en observación.

A él lo enviaron directo a la unidad de terapia intensiva, donde fue recibido casi como una celebridad. Médicos de distintas especialidades, enfermeras y enfermeros, técnicas y técnicos, terapia respiratoria, nutricionistas, flebotomistas... todos se preparaban con antelación. Este equipo, a diferencia del de Anaís, no buscaba únicamente la comodidad, este equipo buscaba sacarlo vivo de allí.

Al día siguiente Anaís presentó signos de mejoría, adecuado aspecto físico, cardiovascular normal, pulmonar normal, neurológico normal.

En UTI se enfrentaban a venas de difícil acceso, una ventilación mecánica con sus parámetros a tope y un electroencefalograma con actividad casi nula.

La mamá de Anaís no veía la hora de que le dieran de alta a su hija para poder volver a casa y salir de esa sala de pediatría lo más rápido posible. La mamá de nuestro paciente de intensivos hubiese dado todo porque su hijo pudiese estar justo en esa sala.

Anaís pudo regresar a casa con medicamentos. A Joel le tocó quedarse.